Abrimos en 1998 con una idea simple: respetar el producto y dejar que el fuego haga el resto. Trabajamos con ganaderías de confianza, maduramos nuestras carnes en cámara propia y encendemos la parrilla cada mañana con leña de encina.
No buscamos reinventar nada. Buscamos que cada chuletón salga como debe salir: con su costra, su punto y su tiempo.
Madera, fuego y luz cálida. Un asador de barrio para comer sin reloj.